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El apio, contra la melancolía

apio

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ecolectado como alimento y medicina desde el Neolítico, para los griegos tenía un fuerte vínculo con su diosa Luna (Selene) por eso le llamaron selenon; para los romanos era Apium, por su umbela atractiva y similar a las apis, abejas; y para los árabes, era un potente afrodisíaco. De las virtudes que se le han atribuido algunas han quedado descartadas por irreales, otras se refuerzan y confirman a medida que avanzamos en su selección y mejora ecológica y en el estudio científico de sus componentes, lo que llamamos fitoterapia. Ayer el sabio decía, “que tu comida sea tu alimento”, hoy podría decir “que tu comida sea tu alimento, tu economía local y tu paisaje”, incluso añadir “y tu fuente de alegrías”.

Al apio seguimos clasificándolo entre las Apiáceas, plantas que florecen en umbela, no sé si en forma de abeja pero sí muy melíferas. Pero se han hecho importantes selecciones varietales, sobre todo a partir del siglo XVI con un nuevo impulso en el XIX, hasta llegar del Apium graveolens var. secalinum, al apio de tierna y dorada hoja para comer toda la planta, como hacen en China; del Apium graveolens var. dulce al apio de pencas que cultivamos sin necesidad de blanqueo; y del Apium graveolens var. rapaceum al apionabo, con su oronda y depurativa raíz (seleccionado especialmente en Alemania). Podemos presumir de ser los primeros exportadores de esta rica verdura en sus tres vertientes, y en ecológico, pero todavía la consumimos muy poco.
El apio era para los griegos un calmante para el sistema nervioso, y lo relacionaban con la Luna. Para la medicina árabe se trataba de un afrodisíaco, comerlo “excita en el varón y en la mujer el deseo de coito”, como dejó escrito Al Awan en su libro Agricultura. ¿Explicaban por medio de metáforas algo que todavía no hemos comprobado de una sabiduría basada en la observación?

Desde septiembre hasta abril podemos tomar fresco este alimento que es aperitivo y facilita la digestión
La fitoterapia no está sino empezando. El ácido fólico (y el apio es rico en ácido fólico) fue aislado en 1940 en las hojas de diversos vegetales, de ahí su nombre. Lo sintetizamos en la flora bacteriana intestinal, por eso no es lo mismo tomar vitaminas que adquirirlas de una alimentación fresca y variada. Los beneficios de la fibra, en la que el apio es abundante, no se descubrieron hasta los años 60; hasta entonces los cereales se “refinaban” al máximo y no se valoraba la fibra de frutas y verduras, incluso se la suprimía. Hasta que algún investigador comparó el bajo índice de cánceres en poblaciones que toman fibra y no sufren del tóxico estreñimiento... Con el ácido fítico se llegó a estudiar cómo suprimirlo de los alimentos, cuando hoy se sabe es un elemento clave para prevenir enfermedades. Las llamadas sustancias vegetales secundarias (sustancias aromáticas, colorantes, reguladoras del crecimiento, que la planta emite para su propia protección) durante decenios se vieron sólo desde su aspecto tóxico. Hasta que se ha dado con sus virtudes preventivas, su capacidad para reforzar nuestro sistema inmunitario, regular la tensión y el nivel de colesterol, normalizar la glicemia, activar la digestión… Y estamos sólo al comienzo.

El apio nos puede aportar vitaminas A y B1, y especialmente vitamina B2 y vitamina PP, que interviene en el proceso de respiración celular, su falta produce astenia, falta de apetito y en casos extremos depresión, pero ¿qué maravilla sucede si la tomamos en el apio?

Es el momento. Desde septiembre hasta abril podemos tomar fresco (o bien deshidratado una vez lavado y en trocitos) este alimento que es aperitivo y facilita la digestión por la secreción de jugos salivales y gástricos, y por ser carminativo. Rico en calcio –interesante para dientes y huesos–, facilita la eliminación de líquidos y de cálculos urinarios renales a quien lo toma crudo (ensalada, zumo, batidos) o en caldos donde deja sus aceites esenciales (es el alma de la sopa juliana). Rico en flavonoides, aporta fibra y pocas calorías, carotenoides (antioxidantes) y apigenina, otro polifenol que también posee el perejil y que es considerado potente anticancerígeno. En casos de artritis, gota y reumatismo los naturistas aplican baños de pies y manos con tallos, bulbos y mondas de apio (250 g por litro de agua).

Si además calma los nervios y alivia la melancolía, nada se pierde por tomar tan vital alimento, del que una antigua receta describe paso a paso cómo preparar un elixir amatorio: limpiar bien y triturar una redonda raíz de apionabo, macerarla 2 días en un litro de buen vino blanco. Luego exprimir el jugo, filtrar y añadirle su peso en azúcar. Se toman 2 vasitos al día, antes o después de las comidas. “Los resultados se notarán al tercer día”. ¿Será también una metáfora?

Texto: Rosa Barasoain

 

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