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El gazpacho: abundancia en antioxidantes

gazpacho

C
omemos para recuperar fuerzas, mantener sano el organismo y crecer o frenar el envejecimiento. Pero, ¿cómo estar seguros de hacerlo bien? La mejor manera es observar el resultado en pueblos que llevan años haciéndolo sabiamente con recursos y medios similares a los nuestros. A los hábitos alimentarios mediterráneos algunos estudiosos les pusieron el nombre de Dieta mediterránea, al comprobar que en esta zona la salud y la esperanza de vida es la mayor del mundo y que no dependía de un solo alimento, ni de la herencia genética, sino de la forma de alimentarse a lo largo del año. Nos introduciremos en ella con este plato veraniego que ya en el s. VIII se preparaba en el cálido sur de la península, donde la cultura árabe de la huerta fue la base de una sabia medicina.

El gazpacho cumple con todos los requisitos de la dieta mediterránea, basada en una comida frugal, poco desnaturalizada, con ingredientes frescos, locales y de temporada. Se toma como ensalada líquida o sopa fría y se elabora a base de tomate crudo, del que poseemos abundancia de variedades locales, lo que nos asegura todavía más propiedades benéficas. A esto se suma que en ecológico –todo el mundo lo sabe– gana en aroma y sabor, no hay residuos de plaguicidas, y ahora sabemos que nos aporta más nutrientes. Según un interesante estudio de la Universidad de Barcelona los zumos de tomate ecológico tienen más compuestos fenólicos que los convencionales.
Si ha madurado al sol –por eso interesa local y de temporada– aportará más beneficiosos antioxidantes, que son los que frenan el envejecimiento celular, más vitaminas, calcio, hierro y diversos carotenos con unas cualidades tan esenciales para el organismo que se recomienda especialmente a personas convalecientes de tratamientos con quimioterapia y radioterapia.

Según un interesante estudio los zumos de tomate ecológico tienen más compuestos fenólicos que los convencionales
Al tomate le acompaña en el gazpacho otro ingrediente perfecto: el aceite de oliva, joya de nuestra alimentación mediterránea por sus beneficios para la salud. Esencial que sea de calidad ecológica, virgen extra; su precio es totalmente asumible porque lo tenemos aquí mismo. Como cereal añadiremos un poco de pan puesto a remojo –más o menos según nos guste líquido o espeso– lo trituramos y añadimos luego trocitos de pepino, de pimiento y, si se quiere, ajo y sal –optativos como la albahaca o el cilantro– en una refrescante mezcla de sustancias protectoras.

El primero que se planteó que había una dieta protectora fue Ancel Keys, bioquímico que estudió las famosas “raciones K” para los soldados del ejército norteamericano en los años 50. Keys había observado que en el Viejo Continente no había enfermedades cardiovasculares, mientras que en EEUU estaban ya a la cabeza. Comprobó que había una forma de comer diferente, y la definió como Dieta mediterránea: gran variedad de hortalizas y verduras frescas a lo largo del año, frutas, hierbas silvestres, frutos secos, legumbres, cereales, algo de carne de la granja, pescado y frutos del mar. Las grasas procedían del aceite de oliva y no había excesivo consumo de azúcar. En los años 80 nuevos estudios demostraron lo acertado de esta dieta y cuantificaron cómo personas que habían sobrevivido a un infarto de miocardio se recuperaban antes y mejor cuando la seguían. Al abandonarla –aceites de baja calidad, comida precocinada, poca fibra y verdura, bebidas edulcoradas...– están aumentando las enfermedades que antes evitaba. Esto se suma a las carencias y los tóxicos de los alimentos convencionales. Un colectivo como el de los vegetarianos, que pone especial cuidado en su salud, son precisamente los que más se exponen si su comida no es ecológica, además de que ya no pueden tomar las frutas con su piel ni cereales no refinados porque en la piel y envoltura de los cereales se concentran los plaguicidas, y ven reducidas las virtudes de los alimentos, especialmente si no son de temporada, característica de la Dieta mediterránea.

Recuperémosla empezando este verano por un gazpacho de ingredientes ecológicos, locales y de temporada. Será agradable y revitalizante sin resultar caro ni para nuestra economía ni para el planeta.

Texto: Rosa Barasoain

 

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