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La Fertilidad de la Tierra⎢Agricultura ecológica
 
 
 
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Un precio justo

Editorial71

S
e sabía que lo harían. Sin haber dejado espacio hasta ahora a la agricultura ecológica las grandes superficies ya se apuntan avariciosamente a la venta de alimentos ecológicos al comprobar un claro aumento de la demanda.

No se percibe en ellas un cambio de criterios hacia lo perdurable, ni hacia una economía ética y justa, ni hacia el cuidado del planeta. Más bien se ha pasado de dedicar un mero y confuso estante (donde se mezcla lo “saludable”, “natural”, “integral”, o “sin gluten” con lo certificado ecológico) a dedicarle o bien toda una sección, o bien tiendas enteras, como pequeños satélites de los grandes supermercados.

Esta expansión preocupa a los pequeños comercios que desde el principio optaron por alimentos alternativos y por otra forma de vender los productos, con un etiquetado claro y lo más directamente posible del productor al consumidor. Preocupa cuando en las supertiendas de las grandes capitales la estética de lo “natural” y “ecológico” es puro marketing. Sin ahorrar en envases ni en kilómetros se vende de todo, todo el año, con el mismo impulso que cualquier otro agronegocio y lo que es más grave, con las mismas tácticas de cara al proveedor del máximo beneficio como principio y fin, avasallando con precios y plazos de pago al agricultor.

Se ahorra en salarios, en seguridad del agricultor… es toda una cadena de explotaciones, palabra que debemos borrar de la agricultura ecológica
Los primeros en apreciar la diferencia son los productores. Es sintomático que incluso la propia Unión Europea esté alertando y denunciando la “superpotencia”, la influencia desproporcionada que ejercen los grandes supermercados sobre el agricultor y ganadero, la presión por el precio cuando el comprador puede comprar en cualquier parte del mundo. Se ahorra en salarios, en seguridad del agricultor… es toda una cadena de explotaciones, palabra que debemos borrar de la agricultura ecológica.

La certificación debe garantizar un cultivo ecológico, pero también un cuidado global de la tierra y de quienes la trabajan, del agua y del aire pero también de la ética desde la producción a la comercialización. Esto no es una utopía, ni hay techo para este crecimiento mejorador, veamos un ejemplo positivo y contundente (ver pág. 6) en la cooperativa surcoreana Hansalim. No necesitamos de grandes supermercados ni de sus tiendas globalizadas porque pueden ser tan dañinas como grandes fincas en monocultivo si no se toman medidas y si no se respeta una ética ecológica. Si el consumidor percibe que está pagando por debajo del precio por un producto es que alguien no cobra; si los productos son de fuera de temporada o se oculta la verdadera procedencia alguien no está percibiendo su salario justo, derivado de un precio justo. Si la agricultura ecológica no puede garantizar un salario y condiciones justas para quienes trabajan en ella, entonces tenemos un problema real de credibilidad y coherencia, y no podremos llamarla ecológica.

 

 

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